viernes, julio 28, 2006

JOSE MONTILLA: ¿Por qué es la hora de los catalanes?


EL PAÍS - 28-07-2006


El día 18 de junio de 2006 marca un antes y un después de nuestra historia reciente. Más allá de los avances que contiene el Estatuto de Autonomía, aprobado en ese día histórico, una cuestión es capital: las dos grandes corrientes políticas catalanas, la socialista y la nacionalista, han fijado las normas en que se moverán durante muchos años. Nuestras relaciones con el resto de España, los recursos económicos que debe transferir el Estado a esa parte del Estado que es Cataluña, la configuración de las instituciones que nos son propias y tantas otras cosas más, que habían sido motivo de enfrentamiento partidista durante mucho tiempo, han quedado resueltas por el acuerdo de los partidos de Cataluña, que representan el 70% de los votos en las últimas elecciones al Parlament, y por la voluntad mayoritaria de los catalanes expresada en referéndum. Partidos y ciudadanía han dado a Cataluña el que ya es el Estatuto del siglo XXI. Ahora ya sólo nos queda ponernos a trabajar.
Como he dicho en varias ocasiones durante estos últimos años se ha hablado mucho de Cataluña y poco de los catalanes. Conviene ahora invertir el orden. Debemos dedicar nuestros esfuerzos a imaginar el futuro más que a recordar el pasado, pero imaginando un futuro que seamos capaces de convertir en realidad. La política de verdad es la que sabe predicar y también dar trigo.
Si nos interrogamos sobre qué le diferencia de sus padres a cualquier joven europeo, sea catalán o del resto de España o Europa, seguramente todos llegaremos a la misma conclusión. Durante el siglo XX cualquier joven sabía que si se esforzaba lo justo tendría un trabajo fijo con un salario parecido al de su padre y, que si se esforzaba en estudiar y aprendía un oficio con toda seguridad, gozaría de una posición mejor que la de aquél. Hoy tal evidencia se ha desvanecido. Es más, ningún padre ni ningún hijo pueden predecir cuál será el futuro de éste. Hemos asistido a una mutación. La era industrial ha concluido dando paso a un mundo distinto que, por nuevo, aún nos resulta desconocido y, por ello, inseguro.
Pero para afrontar el futuro no hay que ceder ante el temor, sino avanzar con seguridad. Recuerdo cuando fui elegido presidente del Consejo Comarcal del Baix Llobregat, una comarca que en aquellos años tenía unas tasas de paro que alcanzaban el 30%. Nos pusimos a trabajar codo con codo sindicatos, patronales e instituciones hasta conseguir darle la vuelta a la tortilla y situar al Baix Llobregat entre las comarcas con mayor crecimiento económico de Europa. La Cataluña de hoy lo tiene más fácil que lo tuvimos entonces.
Partimos desde una buena línea de salida que no es otra que los logros sociales conseguidos en el pasado siglo, lo que hemos dado en llamar Estado de bienestar. A comienzos del siglo XX los mineros ingleses empezaban a trabajar entre los cuatro y los seis años y su media de vida era de 30. Es, también, el siglo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que no es poco.
Pero nada vino dado. Primero fueron personas como los Salvador Seguí, Joan Peiró, Josep Comaposada, personas de aquí y de allí quienes iniciaron el camino y a los que no pensamos defraudar. Y, tras la Segunda Guerra Mundial, fue un gran pacto entre el pensamiento socialista y el socialcristiano el que articuló una nueva política social: el Estado de bienestar.
Hoy lo sustancial es que nuestras necesidades han cambiado y debemos ajustar el Estado de bienestar a la nueva realidad. Hasta hace bien poco las políticas sociales se dirigían a una estructura familiar que ahora es otra. En los años sesenta, por no ir más lejos, la educación obligatoria solía acabar en los estudios primarios y a los 14 años el joven iniciaba su vida laboral como aprendiz. La mujer atendía las labores de la casa y punto. Los ancianos se jubilaban a los 65 años y morían poco después en casa de sus hijos. Y era el padre quien gobernaba a la familia.
Hoy es totalmente distinto. La edad escolar suele alargarse hasta los 20 años. Los jubilados viven, como mínimo, hasta los 75. La mujer trabaja. Aumentan las enfermedades crónicas entre nuestros mayores. Muchas personas viven solas, porque así lo han decidido. Los divorcios y separaciones convierten una familia en dos con la consiguiente pérdida de poder adquisitivo para ambas. Cada miembro de la familia defiende su autonomía y el gobierno familiar se basa más en el consenso. Y podríamos seguir.
En resumen, las nuevas necesidades podríamos resumirlas en una mayor calidad de la educación; guarderías para los pequeños; atención domiciliaria para nuestros mayores, vivan en familia o solos; más asistencia sanitaria; viviendas para la juventud, formación profesional permanente. En definitiva, sentar las bases para que cada miembro de la familia pueda desarrollarse autónomamente. Por eso, el Gobierno que espero presidir hará de las políticas sociales el elemento sustancial de su acción. Porque ahora es el momento de las personas, es el momento de utilizar el nuevo Estatuto para solucionar los problemas de hoy y sentar las bases para construir las oportunidades del futuro de la gente y, por tanto, del país.
En todo este entramado hay un sujeto que considero principal. Se trata del niño, al que debemos considerar patrimonio de cada ciudad y cada pueblo, pues el futuro de todos será el que él construya cuando sea adulto, por eso las bases debemos sentarlas desde que nace. Los niños deben ser uno de los grandes pilares de nuestra política social. Más allá de su origen, de la condición de sus padres, del medio en el que hayan nacido, tienen derecho a que el punto de partida desde el que afrontarán su futuro cuando sean mayores sea igual al de los niños que han tenido mejor suerte al nacer. Estoy convencido, además, de que beneficiando a quienes peor fortuna han tenido, nos beneficiamos todos, pues es en la ciudad, en el pueblo, donde nos tocará convivir los unos con los otros.
Para convertir en realidad cuanto he expuesto hace falta la colaboración de todos. Si merezco la confianza de los catalanes convocaré a los partidos políticos y a los representantes sociales y económicos para que sea fruto de un gran consenso la política social que desarrolle mi gobierno. Sólo así, una política social de altura puede tener la garantía de que será duradera y eficaz
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